¿Cómo salimos?


Años después de impuesto el castigo a los atenienses, Teseo, hijo de Egeo, se dispuso a matar al Minotauro y así liberar a su patria de Minos y su condena. Se cuentan dos cosas acerca de cómo llegó Teseo a introducirse en el laberinto de Creta.

Que hemos ya comenzado a atravesar una de las peores crisis que ha vivido el Uruguay en los últimos 50 años ya no hay dudas. Más allá que mucha gente no la ve o no quiere verla.

¿Y por qué esta percepción no es compartida por unanimidad?

En primer lugar, porque no atraviesa a todos los sectores por igual. ¡Y en esta asimetría de empresas al borde de la bancarrota no podemos usar los clásicos criterios darwinianos -tan caros a ciertas escuelas- del saludable saneamiento de las especies económicas depuradas de los más ineficientes para que los mejores logren imponer su rejuvenecido vigor!

En segundo lugar esta crisis no es la resultancia de un fenómeno súbito equiparable a los que nos depara la naturaleza cuando se desacata, como un huracán o un tornado o un tsunami. Así si, fue lo que vivimos al comenzar el siglo XXI junto con Argentina de la convertibilidad o como las turbulencias financieras de los EE.UU. a partir de la quiebra del Lehman Brothers en el 2008, para poner dos ejemplos recientes.

Esta muerte lenta que hoy nos toca vivir a las empresas nacionales, es una larga agonía que se viene arrastrando desde hace años. Es como sentirse empujado a un precipicio con los ojos abiertos…

Desde hace 10 años que venimos asistiendo a un sostenido aumento de los costos, con la consiguiente pérdida de la competitividad.

Y lo más lamentable es que tampoco la mayoría de la gente logra percibir el telón de fondo en que se desarrolla el último acto de esta tragedia. Y es lo que ensombrece el horizonte.

En ninguna de las instancias anteriores se había dado que en poco más de 10 años se triplicara el monto de la deuda pública que hoy supera los 40.000 millones de dólares. Y a esta cifra que significa dos tercios del Producto Bruto Interno (PBI) hay que sumarle un déficit fiscal anual del 5% del PBI. Es decir que en cada año que pasa, como teniendo que soportar un siniestro fichero, se le agrega a la deuda de todos los uruguayos 3.000 millones adicionales.

Si mal o bien hemos salido de las dos últimas crisis precedentes que nos han golpeado cada 20 años, en esta oportunidad se nos plantea un dilema que solo se podría resolver con medidas de excepción y con conductores excepcionales. Habría que pensar que ya no hay espacio para sobrevivir a este colapso al que fuimos arrastrados por impulso de gobernantes entusiastas y noveleros, por políticos apolillados, o por charletas irresponsables (con credenciales académicas) auspiciados por acaudalados apostadores que quieren más de lo mismo para seguir medrando.

¡Es la hora del intrépido Teseo que no vacila en internarse en el laberinto del feroz Minotauro para liberar a su pueblo!



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