Isabel Oronoz — uy.press / Agencia uruguaya de noticias


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Fausto

13.09.2019

Un niño de 12 años, estudiante de UTU en Ciudad del Plata, hace una denuncia pública de bullying en redes sociales luego de no obtener respuesta de las autoridades de enseñanza. Mejor dicho, después de que le dijeron que estudie en su casa para evitar el problema. El joven Fausto y su familia, con lógica, entendieron que no era justo.

 

¿A quién hay que creerle? ¿A un niño que denuncia bullying y con la inocencia en su edad y en su rostro, dice que quiere estudiar, que le gusta la robótica, que quiere aprender, que por qué se tiene que ir a la casa y los que lo agreden se pueden quedar?

¿A quién hay que creerle? ¿A UTU, que en un comunicado rezonga a la familia del niño por la estigmatización que supone el haber permitido la sobreexposición de Fausto en redes sociales denunciando la situación y además, también sobreexponiendo a los posibles agresores, que son chicos de la misma edad?

¿A quién hay que creerle? A los docentes que frente a las cámaras de televisión se preguntan, ¿dónde está la dirección de UTU en estas circunstancias o cuando la apoyan institucionalmente?

Este no es un tema político partidario, no habría ni que mencionarlo, por si las moscas lo hago; sin embargo es un tema político, desde el momento que lo político es todo lo que nos define en nuestra relación de contrato ciudadano. Veamos desde ese lugar el tema de todos los Faustos.

Y no importa la posición de la familia frente a la situación, esa información deja de ser vinculante porque el organismo responsable de la educación tomó partido y lo hizo en forma infeliz,  pésima, autoritaria, lo hizo con altanería, sin mostrar el más mínimo apego a nuestras mejores costumbres, lo hizo sin modales, lo hizo con una falta de educación que asombra. Reaccionó como el malo de la barra, con la lógica que no hay mejor defensa que un buen ataque, lo hizo desde el lugar donde nada se revisa; le dijo, ya lo sé, estoy trabajando en esto y lo sigo haciendo y ustedes interfirieron y son culpables de que agredido y agresores estén en la discusión pública. 

En realidad, la discusión aquí es ¿qué hacen los responsables del medio educativo? ¿Cómo resuelven estos problemas? ¿Tratan siempre así a los chicos que piden soluciones, a los que sí quieren permanecer en el sistema? Nuestro problema son los que desertan del sistema educativo, a los que quieren quedarse, ¿les decimos que se vayan a la casa porque no los podemos proteger? ¿Contienen siempre así a los padres? ¿Este es el modelo, esta es la inserción de la que se habla permanentemente? 

Desgraciadamente he tenido experiencias que reafirman esta situación negativa y para un padre no hay puertas que se cierran, porque se buscan otras y otras y más y me parece fantástico que esa madre, en el acierto o en el error de la decisión que tomó al hacer pública la denuncia en redes no se haya quedado quieta.

Estoy segura de que ese niño no olvidará nunca que su madre dio pelea por su futuro, por su derecho a tener uno. ¿Qué se debe pensar de una institución que sabe que hay un niño que es agredido constantemente, que está en conocimiento y no toma medidas inmediatas de protección física hacia el joven y medidas claras y contundentes que le amparen en su derecho a estudiar? ¿Qué hay que pensar?

Desde que leí muy temprano la nota sobre Fausto en varios medios, me ganó una tristeza enorme, una impotencia mayor y una bronca sin parangón. Uno piensa, como dicen los mexicanos, que ¡les vale madre! Perdieron el termómetro, hacen la plancha y dejan correr como si fuera un simple proceso administrativo.

Casi todas mis tías fueron maestras, directoras de escuelas en el interior del país, maestras rurales que se venían a especializar a Montevideo, todas comprometidas, todas dando la vida por sus alumnos, poniendo de su sueldo para lo que fuera necesario. Siempre protegiendo al desprotegido; el bullying siempre existió, solo cambió de nombre y solo cambió el tratamiento del tema desde el seno mismo de la institución educativa. No resolver es una respuesta.

Felizmente el mercado resuelve, diría un economista. Fausto ya tuvo propuestas y tiene becas para estudiar robótica que se le brindaron desde el ámbito privado, porque no sensibilizarse frente a esto es como estar muerto. Este niño de 12 años podrá estudiar lo que sueña, robótica; el chico tiene la visión de querer aprender algo que define el futuro de la humanidad. Y se atrevió a salir a defender ese sueño. ¿Cuántos lo hacen? Pocos en realidad. Si a esa edad sales a defender tu derecho a aprender, tu convicción es fuerte, pero además eso no sucede porque sí, detrás tiene que haber inteligencia, contención, amor, sentido de pertenencia, todo lo que se busca para que los chicos no deserten del sistema, todo lo que se necesita para que un sistema educativo funcione.

Por eso la respuesta de UTU es inadecuada, porque pierde la perspectiva de su propia razón de ser. Cuando una familia tiene que recurrir a la opinión pública para defender un derecho, es porque lo que se hizo se hizo mal o no fue suficiente.  

La humildad siempre es un buen camino, porque equivocarnos podemos hacerlo siempre, todo lo que se nos exige es una respuesta que refleje la razón ética de nuestros pronunciamientos, una respuesta moral como la expresa Vaz Ferreira en Moral para los intelectuales,como el único estado que representa una sinceridad absoluta: sinceridad para con los demás y para con nosotros mismos, para con nuestra inteligencia y para con nuestros sentimientos; para con toda nuestra alma; para con nuestras creencias y nuestras dudas; hasta para con nuestras esperanzas”

Ayer no tuvimos esa respuesta. 

Yo le creo a Fausto, y es bueno saber que no tendrá que hacer honor a su nombre ni buscar un pacto con el Diablo.

Isabel Oronoz






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