13 octubre, 2019

“La presión americana puede romper el área de resolución de diferencias” y “no veo una solución”


Cuando aún resplandecía, el hotel San Rafael de Punta del Este fue centro de intensas discusiones entre diplomáticos de todo el mundo, que habían llegado para dar inicio a la “Ronda Uruguay”, una negociación que se extendería por más de siete años y terminaría en 1994 sentando las bases para la creación de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Al cumplirse 25 años del cierre, el actual director de la OMC, el brasileño Roberto Azevêdo hizo una visita relámpago a Uruguay en la que destacó la vigencia de los postulados del organismo en un contexto de auge del proteccionismo y una tensión comercial inédita, fruto de la guerra comercial entre Estados Unidos y China.

Entrevistado por El Observador, Azevêdo dijo que los diálogos de 1986 fueron “fundamentales” y expresó su “preocupación” porque no ve una “solución” que permita que el sistema de solución de controversias entre estados, ideado por el uruguayo Julio Lacarte Muró y considerado una de las joyas de la OMC, continúe funcionando tras el bloqueo de Estados Unidos. El 11 de diciembre, el sistema podrá quedar acéfalo si la administración de Donald Trump no cambia de postura y continúa frenando los nombramientos del tribunal de apelación (fundamental para que haya fuerza de cosa juzgada), aunque el jerarca anunció que están ideando un mecanismo alternativo que permita “apelaciones paralelas”.

¿Cuál cree que fue la importancia de la Ronda Uruguay de 1986 para el desarrollo del sistema multilateral de comercio?

Fundamental, porque el sistema que existe y tenemos hoy es fruto de esa ronda. Lo que teníamos en el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT, por su sigla en inglés) era completamente distinto. En primer lugar porque eran menos participantes. En segundo lugar porque las decisiones eran tomadas casi siempre por los grandes países y después los resultados eran vendidos para los demás miembros.

La Ronda Uruguay cambió todo, tiene más temas bajo las reglas: no solamente aranceles de mercancías sino también servicios y propiedad intelectual. El mecanismo de solución de diferencias es obligatorio y automático. Antes un país iniciaba una diferencia con otro y el país que respondía podía no aceptar, ahora es obligatorio. Al final de un proceso de diferencias puede haber sanciones económicas autorizadas de un país contra otro. En el GATT eso no era posible.

¿Es posible trazar algún paralelismo entre aquel momento y el de ahora?

No, lo que tenemos ahora es una cosa sin precedentes. Desde la creación del sistema en 1947 jamás tuvimos una situación de tensión comercial de esa naturaleza. Los valores son muy altos. Tuvimos momentos de tensión en los años 80 con Japón, cuando empezó a desarrollarse muy rápidamente y generó mucha incertidumbre. Ahí hubo tensiones y sanciones bilaterales, pero no en esa orden de magnitud que tenemos hoy ni con las consecuencias sistémicas que vemos. 

¿En este contexto cuál es el rol específico de la OMC?

Cuando tenemos tensiones de esa naturaleza (como la de Estados Unidos con China), el multilateralismo y la solución negociada pierden prioridad. La prioridad está en el camino bilateral. Eso pone presión en el sistema, pero no son fáciles. Ellos avanzan más rápido, pero las negociaciones bilaterales tienen normalmente una tendencia a transformarse en un juego de suma cero donde uno gana y el otro pierde y esa lógica es muy difícil de ser asimilada políticamente por las partes. Cuando tenemos una negociación con muchos es más fácil encontrar una solución que sea políticamente aceptable para todos. Entonces el sistema multilateral puede ser, al final, una respuesta para encontrar soluciones, caminos que desbloqueen los conflictos. 

¿Por qué cree que Estados Unidos adoptó una posición de cuestionamiento casi total en la OMC? 

En un primer momento el gobierno americano buscaba avances rápidos en las cuestiones más dramáticas de su agenda comercial, una gran parte de ellos asociados a China y otros países. Intentaban encontrar una solución rápida, acelerada y la manera obvia es por la vía unilateral o bilateral. En el primer momento de la administración Trump se privilegió el bilateralismo y no el multilateralismo. Pero hoy tenemos, por ejemplo en la negociación sobre comercio electrónico en la OMC, a los Estados Unidos como parte. También participan en las negociaciones sobre la subvención a la pesca.  

¿Últimamente la administración Trump se ha volcado al multilateralismo?

Los americanos son pragmáticos, van bilateralmente a donde les interesa, y consideran que es necesario. Utilizan el sistema donde creen que el sistema puede ayudarlos.  Ese pragmatismo es natural, pero de todas maneras la visión americana pone una presión sobre el sistema que puede romper uno de los pilares más importantes, que es el área de solución de diferencias con el bloqueo del órgano de apelación. 

Ese órgano es considerado como la joya de la corona. El 11 de diciembre podría pasar ese sistema quede bloqueado y no se pueda apelar. ¿Cómo observa esta situación?

Con mucha preocupación. Estamos dialogando con los americanos para ver si encontramos una solución, pero en este momento no la veo.  Si el sistema baja para menos de tres integrantes a fin de año, lo que inviabilizaría la apelación, hay miembros (países) que hablan de crear un sistema alternativo que permita una apelación paralela y que las diferencias sigan y puedan ser concluidas. Pero  esto no es satisfactorio porque no estarían todos los miembros, apenas algunos y los americanos no estarían en este tipo de solución. La idea es encontrar una solución antes de diciembre.

¿Es el mayor desafío que tiene? 

Seguramente es uno de los desafíos más importantes. Tenemos eso, las negociaciones para la subvención a la pesca que también tienen como fecha límite diciembre de 2019. 

¿Ve un auge del proteccionismo a nivel mundial?

Con las incertidumbre económicas que están presentes hay una tendencia mayor a mirar hacia adentro, encontrar soluciones internas que acomoden a los sectores que están bajo presión en lugar de encontrar una solución que sea una ganancia mayor para la colectividad del país. Eso puede llevar a soluciones que son más orientadas a proteger el mercado interno en lugar de integrarse a la economía mundial, pero la realidad económica de hoy lleva un tipo de visión que no es la solución óptima para el desarrollo económico de los países. 

¿Está de acuerdo con las posiciones que señalan que vamos rumbo a un mundo sin reglas en materia comercial?

No creo que eso ocurra aunque hay un riesgo. Si no trabajamos para mantener el sistema y actualizarlo corremos el riesgo de perderlo. No creo que sea ese el camino natural. El camino es cambiar el sistema y reformarlo. Los líderes del G20 y del G7 han manifestado su apoyo al sistema y a la necesidad de reformarlo. Es necesario.

Algunos analistas señalan que la función negociadora de la OMC está muy limitada que mantiene una agenda del siglo XX sin resolver. ¿Está de acuerdo con estas consideraciones? 

Lo que pasó en Buenos Aires fue que se amplió y actualizó la agenda negociadora. Hoy finalmente estamos negociando los temas del siglo XXI. No tenemos negociaciones multilaterales sobre esos temas pero sí grupos que están negociando sobre comercio electrónico en los que hay 80 países de todos los continentes, hay países desarrollados y en desarrollo, y sumados tienen más de 90% del comercio mundial. 

¿Cuánto cree que ha avanzado esa agenda del siglo XXI? 

Para un organismo multilateral estamos avanzando bastante rápido. El grupo que está negociando comercio electrónico fue lanzando en diciembre de 2017, no tiene ni siquiera dos años y ya estamos con propuestas de texto de un acuerdo. Los países están haciendo un esfuerzo para lograr avances importantes en la conferencia ministerial de junio de 2020 de Kazajistán.

(Producción: Martín Natalevich)





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