13 octubre, 2019

Luis C. Turiansky — uy.press / Agencia uruguaya de noticias


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Deforestación y Reforestación

16.09.2019

Cuando arreciaban los incendios en la Amazonia, el septeto selecto de países conocido como G7, reunido en París, ofreció a los países damnificados una ayuda económica equivalente a 20 millones dólares, una suma que muchos consideran ridícula y ultrajante.

Onyx Lorenzoni, Jefe de la Oficina del presidente Jair Bolsonaro, comentó la oferta con una frase que hizo historia: “Sería mejor utilizar ese dinero para reforestar a Europa“. Los hechos parecen darle la razón.

La Europa histórica, de antes de la revolución industrial, era en efecto una región dominantemente boscosa. También lo fue la cuna de la civilización europea, la Grecia Antigua, cuya heredera moderna hoy recibe a los turistas con la imagen desolada de tierras devastadas y secas.

Es el precio que esos países han tenido que pagar para sentar las bases de la civilización humana. Hubo necesidad de talar bosques enteros para construir las naves que dieron vuelta a la Tierra y volcaron en América a conquistadores, colonos y esclavos. Hoy los países del Sur quisieran seguir ese ejemplo, pero han llegado tarde porque, entretanto, la humanidad es hoy mucho más numerosa y ha aprendido que no hay que dilapidar los recursos naturales.

Actualmente, la Unión Europea dedica no pocos esfuerzos intelectuales y recursos materiales a la búsqueda de soluciones frente a los graves problemas de contaminación ambiental, generalmente resultantes del crecimiento económico caótico que caracteriza al sistema capitalista global. En 2008, la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA), publicó un informe detallado sobre la Contaminación atmosférica en el continente, señalando que, pese a algunos progresos, los europeos siguen sufriendo en su salud los graves efectos de contaminantes tales como las partículas microscópicas, el dióxido de nitrógeno y el ozono troposférico, salvo el último todos ellos productos de la actividad humana, especialmente la agricultura intensiva, la industria y el automovilismo.

En realidad, en opinión de muchos expertos, gran parte del oxígeno creado por la selva tropical es consumido por ella misma a través de los procesos vitales de otros organismos que allí viven. Por el contrario, se considera que la principal fuente del oxígeno atmosférico no es la vegetación sino la superficie de los mares, que hoy los residuos industriales como las materias plásticas están convirtiendo en un chiquero.

En estas condiciones, declarar a la Amazonia “pulmón verde de la humanidad” y abrogarse por tal título el derecho a intervenir en ella es el colmo de la petulancia. Según esta concepción, Sudamérica debe conservar esta fuente vital para que los grandes capitalistas puedan seguir despilfarrando.

Otra cosa es naturalmente la antipatía que nos puede inspirar la política reaccionaria del actual presidente brasileño y su devoción por la dictadura que vivió su país en un pasado reciente y también por la de Pinochet en Chile. Asimismo es plausible acusarlo de complicidad o por lo menos benevolencia ante los casos notorios de incendios provocados para crear tierras de cultivo o pastoreo, actos que concuerdan perfectamente con su declarada política de aprovechamiento económico de la región. No son sus víctimas los países desarrollados sino en primer lugar las poblaciones indígenas amazónicas.

Esto no debería llevarnos sin embargo a alinearnos con el señor Emmanuel Macron y su séquito versallesco de caballeros del saqueo mundial. Si quieren que Brasil proteja sus selvas para las futuras generaciones, que paguen por ello. Pero no  precisamente al bolsillo del señor Jair Bolsonaro.

Luis C. Turiansky






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