Prof. Gustavo Toledo — uy.press / Agencia uruguaya de noticias


banner argentino hotel 300 x 138
imagen del contenido Prof. Gustavo Toledo

El espacio de los realistas

26.08.2019

La historia enseña que la confrontación política en nuestro país siempre fue binaria; y que, en el pasado, esto era sinónimo de bicolor. De un lado, el realismo colorado y, del otro, el idealismo blanco.

 

Producto ambos más de las improntas personales de sus caudillos fundacionales que de corrientes importadas o cosidos ideológicos locales; y más que dos pensamientos contrapuestos, configuraban dos modos de “sentir” y de “hacer” distintos (uno más abierto a los cambios, el otro más conservador). 

Con el tiempo, otros liderazgos -el de Batlle y Ordóñez entre los colorados, el de Herrera entre los blancos- aportaron ideas, intereses, énfasis nuevos, pero sin renunciar ninguno de ellos a su anclaje histórico. “Vinos nuevos en odres viejos”.

Del contrapunto entre esas dos tendencias -primero en los campos de batalla, luego en las urnas-, pero sobre todo a partir del predominio del realismo colorado -al que Weber llamaría “ética de la responsabilidad”- este territorio lateral al que muchos creyeron desahuciado fue construyendo una esperanza colectiva para criollos e inmigrantes, que finalmente encarnó en una república feliz y justiciera (“un paisito con leyecitas avanzaditas”); imperfecto, sí, incompleto, también, pero real y tangible.  

Durante un siglo y medio, el Partido Colorado fue “el nombre que se le dio al gobierno” (Wilson dixit) y el Partido Nacional se constituyó -con todo respeto por el tradicional adversario- en la “oposición ideal” (dividida, emocional, previsible, etc.). 

La aparición del FA y su rápida transformación de partido de élites en partido de masas se produjo a costa del coloradismo (se apoderó de parte de su electorado, su arraigo territorial y su inserción en los sectores populares). 

Adueñado del espacio simbólico del Batllismo (operativo cultural mediante), desplazó luego -casi como el fruto que no puede caer lejos del árbol- a los colorados del poder y, lo que no es menos significativo, de su sitial de partido de gobierno. 

Un cambio disruptivo en el escenario político y en el proceso histórico del país, de esos que se marcan con rojo en las líneas de tiempo, pero del que sólo tomaron cuenta de su importancia y profundidad apenas un puñado de personas. El resto se quedó en la anécdota: en la crisis de 2002, en la sombra de los liderazgos de Batlle y Sanguinetti, en las candidaturas de Stirling y Bordaberry y otros factores coyunturales. 

Por cierto, el escenario siguió siendo binario, pero sin los colorados como una de las opciones de ese menú, relegados a la condición de apéndice del otro partido tradicional. 

A todo esto, precisamente, los blancos, que si bien también perdieron dirigentes y votantes en favor de la “izquierda”, no cambiaron de discurso ni de usos y costumbres (siguieron hablándole a una parte del país, dividiéndose y subdividiéndose, enfrentándose casi por deporte en rencillas sin sentido, fabricando liderazgos erráticos y poco eficaces, sin hacer pie en el medio urbano y menos aún en las barriadas populares, etc.) lo que les aseguró, hasta ahora, ese segundo puesto, tambaleante y por momentos declinante, en el escenario binario que antes los enfrentaba a los herederos de Don Frutos. 

El Frente Amplio, sin embargo, pese a haberse disfrazado de reformista (la otra seña de identidad de los colorados, que los frentistas fundacionales supieron captar e incorporar a la oferta original de la naciente fuerza política, quizás porque la mayoría de ellos provenía del propio Partido Colorado) no hizo más que sostener y legitimar un statu quo que sólo beneficia a su dirigencia y a su numerosa clientela. No hubo un retorno al Primer Batllismo -esto es, a aquel Uruguay protector y promotor de los más débiles- sino un simulacro de reformismo, una farsa que encubrió -y encubre- la sistemática destrucción de la educación pública, el deterioro creciente de la institucionalidad republicana y el absoluto desprecio por los más débiles. Es decir, lo opuesto a aquel “país dorado” de un siglo atrás que la Generación del Quebracho parió en medio del desierto. 

Por fortuna, cada vez son más los que, observando el proceso histórico en su larga duración -con el perdón de Braudel-, admiten la necesidad, ya no para sus líderes o sus cuadros o aquellos que aspiran a serlo, sino para la ciudadanía en su conjunto, y en especial para esos “débiles” tantas veces negados, de que el país cuente con un partido con oficio de gobierno, reformista, confiable y con sensibilidad social. 

Si los colorados que andan en la vuelta, animados por la carta de crédito que la ciudadanía parece haberles abierto nuevamente, logran transmitirle a todo el Uruguay, pero en especial a los más jóvenes -a veces demasiado prendidos a eslóganes de moda o a estampitas alquiladas- cuál es la esencia colorada y batllista -liberal, humanista, verdaderamente progresista- podremos volver a parir como antaño una esperanza posible para todos. O sea, un país real en el que quepamos todos y no este espejismo tricolor que nos vienen vendiendo desde hace quince años. 

 






Source link

Facebook Comments

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion